Una invitada que avisa que no sabe
Doménica Menestini entra creyendo que viene a un programa tranquilo. A los veinticinco segundos le explican que no: “esta cocina es polémica”. Ella lo resuelve como resuelve todo el capítulo, con una frase: “eso no me dijeron”.
La presentación es honesta y por eso funciona. Le gusta cocinar, le parece su momento de relajarse, le gusta comer rico, y no es buena. Su repertorio real, el de todos los días, es huevo, arroz y atún, más una ensalada fiesta de pimientos, tomate, frejol negro y choclo —todo enlatado— y un bol de garbanzos con tomates cherry al air fryer. Lo más difícil que ha cocinado en su vida es un salmón con puré de zanahoria blanca que le enseñó su mamá.
Lo suyo, dice, no son las manos: es la falta de receta. “No soy creativa. Tengo que seguir una receta de ley, no es que se me ocurra.”
El reto: camarones al ajillo
La receta sorpresa son camarones al ajillo cremoso con patacones, y por una vez ninguna de las dos ha hecho ajillo antes. El reparto se decide en diez segundos: Doménica pela los camarones, Dina se hace cargo de la tabla.
Ahí llega la primera clase del capítulo, y es de las buenas. Doménica intenta sacar la vena estirándola desde la cola y no sale nunca. La corrección es sencilla: hay que abrir el camarón por la parte de arriba con la punta del cuchillo, y la vena sale entera. Y hay que sacarla, porque comérsela es cólico seguro.
La segunda pérdida de tiempo es el ajo. Doménica se pasa un buen rato picándolo diente por diente hasta que aparece la línea de la receta que nadie había leído bien: esto va licuado. Media hora al tacho. Y cuando toca licuarlo, la pregunta obvia —¿con agua?— tiene mejor respuesta: con el vino, que para eso está ahí.
El sofrito final termina siendo simple: mantequilla en el sartén —“creo que me pasé de mantequilla”, admite—, encima la mezcla licuada de cebolla perla, ajo, crema de leche, vino y sal, y los camarones al último.
Detalle de casa: el perejil que aparece en el plato no estaba en la receta. Es el reclamo que atraviesa el capítulo, porque ya les había pasado con la cebolla de las humitas. La sospecha queda formalizada: la producción hace trampa.
El ingrediente secreto del patacón
Es el título del capítulo y no es el aceite. Entre la primera y la segunda fritura, los patacones machacados se pasan por agua bien fría con sal y hielo. Eso es todo.
El chiste es que el hielo se les olvidó. Lo notaron tarde, ya con la fuente lista, y salieron crujientes igual —“y eso que no había hielo”—. Con hielito, según ellas, hubieran salido mejor. Queda pendiente para la próxima.
Seis años vegetariana, y por qué lo dejó
La parte más seria del capítulo sale mientras se pelan camarones. Dina cuenta la historia completa y no la suaviza.
Venía del fisicoculturismo: dietas hiperproteicas, ayudas ergogénicas, años de competencia. Cuando algunos valores le salieron elevados en los exámenes, el médico le dijo que bajara la proteína, y ella se fue al otro extremo. Desde 2020, vegetariana.
Nunca lo hizo por los animales —lo dice sin rodeos— sino por salud. Y el resultado, seis años después, fue el contrario: B12 baja, anemia, y el pelo cayéndose tanto que terminó cortándoselo. Reincorporó la carne hace dos días y todavía anda mal del estómago, porque el cuerpo dejó de producir las enzimas para desdoblarla.
Su conclusión no tiene matices:
- Hay que comer proteínas, grasas y carbohidratos, sí o sí. El cuerpo es sabio y los macronutrientes están ahí para consumirse.
- Nunca le recomendó a nadie ser vegetariano. Fue una decisión propia, y le parece demasiado heavy para recetársela a otro.
- Y si se hace, que no sea a base de ultraprocesados: su versión fue lenteja, brócoli, avena y semillas, no hamburguesas vegetarianas.
También cae, de paso, la clase sobre creatina: no engorda ni sube el porcentaje de grasa corporal. Retiene un poco de agua intracelular, que se nota en la balanza dos o tres semanas, y después el cuerpo se adapta. Eso sí: hay que tomar mucha agua.
Calle 7, Telemundo y el reality
El recorrido sale entero.
Calle 7 fue, en sus palabras, de las mejores cosas que le pasaron en la vida: la vivía, la comía, la soñaba. Y no volvería por nada de esta tierra. Ni por más plata —y ahí está la parte interesante—, porque ese error ya lo cometió: se fue a Telemundo, que paga muchísimo mejor, y no la hacía sentir bien.
Lo de Telemundo fue Por amor o por dinero, un reality de parejas donde se está encerrado “como una ratita” en lo que ella describe sin adornos como un experimento social: se ve cómo se desarrolla la personalidad de cada uno, cómo te relacionas con el otro, y llega el momento en que explotas porque ya no aguantas más. La producción, eso sí, de otro nivel: “la diferencia es abismal”.
Hoy la agenda es otra: acaba de graduarse en nutrición y va por una maestría en obesidad, diabetes y cardiometabólicos. Y deja pedido a cámara el programa que quiere hacer: cocinar cosas fit con el doctor Albuja, que es su top absoluto. “Sería la primera vez que el productor permitiría que cocináramos algo fit.”
Hombres básicos, padel y whisky
Lo de Doménica, del otro lado, es la definición de hombre básico, y la da con cuidado: le parece horrible generalizar, pero en su experiencia los hombres que ha conocido son básicos en el sentido de que no hay evolución emocional. “No encuentras a un tipo inteligente emocionalmente a diez metros.” Con una salvedad que agrega ella misma: los hombres cargan una presión social que no se les acaba nunca, y eso tampoco los deja evolucionar.
De ahí sale el resto del bloque suelto del capítulo:
- Por qué dejó de actuar. No se le acabó el amor por el arte —estudió actuación en el ITB, hizo teatro todos los años, arrancó en el microteatro de Miraflores, el pionero de Guayaquil—. Se le acabó la paciencia con que aquí al artista no le pagan bien. Y aun así, dice, cuando eres artista terminas creando igual.
- Influencers en la ficción. Le parece bien que se den oportunidades a todo el mundo, pero con una condición: prepararse. El talento solo nunca alcanzó, y la preparación sola tampoco.
- El padel, que Dina define como un juego muy lésbico y aclara enseguida que es broma. El argumento real es otro y es bueno: hora y media sin tocar el teléfono, mirando una pelota. Terapia.
- El whisky, en las rocas. Nada de cóctelitos de niña. Y el remate de la nutricionista: el alcohol ya es prácticamente un veneno, como para encima mezclarle basura.
- Y el día después: mucho electrolito y un finalín.
El veredicto
Los patacones salieron crujientes de verdad, y la promesa se hizo a cámara: “los mejores patacones que se van a comer en su vida”. El crujido se escucha.
Llega el foody de la producción y pone 8.3, que hay que traducir a su escala: nunca da 10, porque si encuentras algo perfecto ya no puedes seguir buscando algo mejor. Su nota más alta a una hamburguesa es 9.3, y la mejor que ha probado dentro del país llega a 8.6. Con esa vara, un 8.3 a unos patacones es un notable alto.
Faltaba queso, según él. Un punto más y era otra historia.
El capítulo anterior es el de La Vecina, donde ninguna receta salió pero la cátedra valió el doble.