De qué va el capítulo
Tercer capítulo de la etapa nueva y la primera invitada que le gana al formato. La Vecina —56 años, criada en los suburbios de Guayaquil, lengua filosa y oficio de radio y teatro— entra a la cocina y a los cuatro minutos ya nadie está hablando de cocina.
La receta sorpresa son humitas, y por una vez el terreno está parejo: ninguna de las dos ha hecho una en su vida. La producción les regala el choclo ya rallado, que era el trabajo pesado, y ahí se acaba la ayuda.
El capítulo tiene dos guerras en paralelo. La primera es la cebolla: la receta manda cebolla blanca, La Vecina jura que la humita no lleva cebolla ni en broma, y Dina se la echa igual. La segunda es el baño maría, que ninguna sabe montar: el agua que ya estaba hirviendo termina en la olla equivocada, cinco humitas van a parar a una olla de cinco litros, y sobre la tapa terminan haciendo peso dos pepinos y una papa.
En el medio está lo que le da el título al capítulo. Moza, novia y esposa, con la clasificación y los beneficios de cada categoría. El marido fiel pero aburrido contra el divertido pero infiel. El love bombing, explicado por la nutricionista y traducido por la invitada. Por qué revisar el celular termina relaciones —Dina admite que ha terminado dos así—. Guapo sin plata o feo con plata. Las relaciones abiertas, la soltería y la menopausia, sin un solo tabú.
También hay clase de nutrición a la fuerza, porque el azúcar aparece en la mesa: el azúcar blanca es un veneno, el jugo es una fruta que se suicidó porque en el camino se le va la fibra, el choclo casi no tiene fibra, y dieta no es lo que uno se prohíbe sino todo lo que se lleva a la boca todos los días.
Y sobre el final, cuando ya está claro que las humitas no salen, llega el mejor pasaje: el mapa de clases de Guayaquil contado barrio por barrio, con el rico mudándose siempre para huir del pobre —del Centenario a Urdesa, de Urdesa a los Ceibos, después a Puerto Azul, a Samborondón, a Mocolí— hasta que se le acaba la ciudad y se va a Miami. Y el pobre atrás, sacando la visa.
¿Las humitas? Quemaditas, sin sal y con cebolla. Ganó la producción. El resumen se lo queda ella: no comió rico, pero se rió como no tienen idea.
El programa arranca como siempre: la host explica la mecánica —nadie sabe qué se va a cocinar hasta que la producción lo pone en la mesa, hay una hora de reloj y hay que ganarle a producción— y la invitada la traduce enseguida a idioma de casa: “este programa es más o menos como lo que pasa en casa: la madre de familia nunca sabe qué cocinar”.
La Vecina se presenta sola: 56 años, criada en los suburbios de Guayaquil, sabe hacer de todo y no estudió nada de esto. Lo que sí trae es una capacidad de desvío que el formato no había visto antes. A los cuatro minutos ya no se está hablando de humitas.
La guerra de la cebolla
La receta sorpresa son humitas. Y por una vez el terreno está parejo: ninguna de las dos ha hecho una nunca. La producción les regala el choclo ya rallado —el trabajo pesado— y ahí se acaba la generosidad.
El problema aparece cuando leen los ingredientes en voz alta y sale una cebolla blanca. La Vecina la vetó en el acto: la humita no lleva cebolla, punto. Dina insistió con el argumento de siempre —“confíe, que si no confía no hay confianza”— y se la echó igual. Es el chiste que sostiene el capítulo entero, y sobrevive hasta el plato final, cuando ya no hay forma de negar a qué huelen.
También aparece el otro error de armado, y ese lo corrige la invitada: el queso no va rallado por encima, va una tira larga en el medio. Ahí sí tenía razón.
El baño maría que nadie sabía montar
La parte técnica es un desastre en cadena. Nadie sabe con precisión qué es un baño maría hasta que hay que hacerlo, el agua que ya estaba hirviendo termina en la olla equivocada, y de ahí sale la mejor discusión de reparto de culpas del programa: “aquí somos un equipo”, dice una; “cuando la cagas, eres tú solita”, contesta la otra.
Después vienen cinco humitas metidas en una olla de cinco litros, la duda de si van directo al agua o al baño maría —se probaron las dos— y el remate: dos pepinos y una papa haciendo peso sobre la tapa para que las humitas se queden paradas.
La cátedra
Lo que le da nombre al capítulo es todo lo otro, y sale mientras las manos están ocupadas, que es exactamente para lo que sirve el formato.
- Moza, novia y esposa, con la clasificación entera y los beneficios de cada categoría. Ahí hay debate real: Dina sostiene que de novia hay el mismo trato, La Vecina corrige que moza es con hombre casado, y remata con la línea del capítulo: “si usted es novia, la otra no es moza, es la otra novia”.
- Marido fiel pero aburrido o divertido pero infiel. Las dos esquivan la respuesta y terminan contando cómo les pusieron los cachos.
- El love bombing, que Dina explica como término y La Vecina traduce a lo que siempre se llamó de otra forma: dura lo que dura la conquista y desaparece apenas consiguen lo que querían.
- Revisar el celular. Dina admite que ha terminado dos relaciones así, y las dos coinciden en que cuando ya dan ganas de revisar, la cosa ya está rota.
- Guapo sin plata o feo con plata. Respuesta unánime, con argumento incluido: al otro se lo puede educar.
- Y las relaciones abiertas, la soltería, las relaciones tóxicas y la menopausia, sin un solo tabú.
Nutrición a la fuerza
Como el azúcar termina cayendo en la masa, entra la nutricionista sin que nadie se lo pida:
- El azúcar blanca es un veneno, y hay que dejarla.
- El azúcar que sí sirve es el de la fruta entera. El jugo es “una fruta que se suicidó”: en el camino se le va la fibra y queda solo el azúcar libre.
- El choclo casi no tiene fibra, dato que la invitada intenta usar de inmediato a su favor.
- Y dieta no es lo que uno se prohíbe: es todo lo que uno se lleva a la boca todos los días. Hacer dieta y comer sano no son lo mismo.
El mapa de clases de Guayaquil
Sobre el final, cuando ya está claro que las humitas no salen, llega el pasaje que justifica el capítulo. La Vecina se postula a la presidencia de la República —con propuestas de campaña propias— y de ahí se va a la explicación que trae ensayada de la radio: por qué en esta ciudad el rico se muda siempre huyendo del pobre.
Del barrio Centenario a Urdesa. De Urdesa a los Ceibos. De ahí a Puerto Azul, a Samborondón, a Mocolí. Y cada vez el pobre lo alcanza, le levanta el barrio al frente y le pone el mercado, el camal y el local de pollo. Hasta que se acaba la ciudad y el rico se va a Miami. ¿Y el pobre? Sacando la visa para seguirlo.
Ahí también sale la agenda: teatro Las Cámaras, con La Residenta, en un show que se llama Choque de clases.
El veredicto
Las humitas salieron quemaditas, sin sal y con cebolla. Ganó la producción, otra vez, y encima les tocó comérselas. La invitada lo resumió mejor que nadie: no comió rico, pero se rió como no tienen idea.
El capítulo anterior de esta etapa es el de Cindy Chan, donde por lo menos alguien sabía cocinar.