De qué va el capítulo
La cocina cambió de dueña. Wendy Landa, que en el capítulo anterior era la invitada y salió de aquí con el tema del choripán todavía caliente, esta vez entra como host y con una intención declarada: "ahora quiero que él me fune a mí". La invitada es Steven Intriago, que ya había pasado por este set con un caldo de bola y vuelve igual de imponente.
El plato es un greñoso manabita de pollo, y el chiste del título es literal: ninguna de las dos lo había hecho ni lo había probado. La definición que logran armar entre las dos —"un tipo pastel de maíz con pollo desmenuzado adentro, algo muy manaba"— es todo lo que tienen. Steven, que llegó esperando un encocado, aclara de una que tampoco sabe hacerlo: la gente asume que sí porque es negra, y la gente se equivoca.
Lo demás es una hora de instinto. Pelan dos pechugas, arman el refrito, licúan 450 gramos de pasta de maní y ahí aparece el problema: el maní no espesa. Le habían puesto demasiada agua siguiendo una receta que vieron por ahí, y el arreglo llega tarde y a lo bruto —la masa de maíz directo a la olla, un chorrito de agua y a cocinar—. Entre medio hay una quemada con la cuchara caliente, un huevo duro que se sale del molde y un caldo de pollo que casi termina en el desagüe.
Mientras tanto se habla de todo menos de la receta. El manifiesto del huevo, que es la mejor teoría gastronómica que ha dado el programa. El colegio de Steven: tres veces octavo, novata tres años seguidos, "por vaga, no por bruta". Los abuelos pastores evangélicos, la escuela de obreros y por qué al final "el huevo fue más fuerte". La abuela que sigue sin enterarse de que su nieta es famosa y está convencida de que le piden fotos por el sombrero.
Y la calculadora. Steven agarra el tema del choripán y lo lleva a las matemáticas: 35 centavos de compra, 50 o 60 al día, todos los días. Las cuentas dan mil ochocientos al mes, y hasta descontando los días flojos pasa de mil. La conclusión de Wendy es la más sana del capítulo: el que calla otorga, ella no calló, y la gente hizo con la información lo que le dio la gana.
El greñoso sale. La masa queda suavecita, sabe a manicito y los huevos, en palabras de la casa, quedaron al dente. Steven propone en cámara que Wendy se quede con el programa. Queda en los comentarios.
La host nueva y la invitada repetida
El capítulo empieza con un cambio de silla. Wendy Landa, que la semana pasada estaba del otro lado del mesón defendiendo sus choripanes, hoy abre el programa como host. Lo primero que dice es que le fue bien en su capítulo, y lo segundo explica todo lo que viene después: “ahora quiero que él me fune a mí”.
La invitada es Steven Intriago, y no es la primera vez: ya había pasado por esta cocina con un caldo de bola. Entra midiendo el ambiente en dos segundos —“linda, regia, poderosa, ¿qué es que vamos a hacer hoy día en esta cocina?”— y a partir de ahí el control del set es discutible.
Un plato que nadie había probado
El reto es un greñoso manabita de pollo. La reacción inmediata de Steven es de decepción: esperaba un encocado. Y cuando le preguntan si sabe hacerlo, la respuesta desarma el supuesto de entrada: no sabe, y le molesta que la gente dé por hecho que sí solo porque es negra.
Lo que ninguna de las dos sabe es qué es un greñoso. Entre las dos arman una definición de tanteo: “es como un tipo pastel de maíz con pollo desmenuzado adentro, es algo muy manaba”. Con eso arrancan.
“Vamos a inventarle, porque yo nunca he hecho eso.”
La lista se lee en voz alta como si fuera la primera vez —porque lo es—: achiote, ajo, ramas de cebolla blanca, cebolla colorada, comino, 450 gramos de pasta de maní, harina de maíz, un pollo entero, caldo de la cocción, cuatro huevos cocidos y media taza de pasas. Las pasas se descartan a los diez segundos: son de adorno, y a ninguna de las dos le gustan.
El manifiesto del huevo
El mejor momento del capítulo no tiene nada que ver con la técnica. Sale de una pregunta tonta —para qué son los cuatro huevos— y termina en una teoría completa:
“El huevo es comida fundamental del buen vivir.”
La demostración es la parte buena: el huevo tiene leche, es carne, a veces huele a pescado, es carne blanca y a veces negra, a veces de res y a veces de pollo. Nadie la contradice. Los cuatro huevos, aclarado el punto, van a huevo duro.
El maní que no quiso espesar
La cocina se ordena sola durante un rato. Se pelan las pechugas —“a mí me da asco eso”—, se pone a hervir el agua, se pica el refrito. Steven corta el pimiento y el ajo con una excusa perfecta: “usted ya se embarró las manos, no haga que yo me embarre las mías”.
Después empieza el problema. Se licúan los 450 gramos de pasta de maní con agua, y el maní no espesa. Se le echó agua de más siguiendo una receta que habían visto por ahí, cosa que se reconoce en cámara con una petición que obviamente no se cumplió: “esa parte de la receta no la saquen”.
La solución llega a lo bruto y sobre la hora: la masa de maíz directo a la olla, un chorrito de agua y a cocinar ahí mismo. En el camino caen dos sustos más —una quemada con la cuchara caliente y un huevo duro que se sale del molde— y un rescate: el caldo de la cocción del pollo, que estuvo a un segundo de irse por el desagüe antes de que alguien se acordara de que ese era el líquido del plato.
La calculadora
La parte que el capítulo estaba esperando llega a los diecisiete minutos, y la trae Steven. La peor vergüenza de Wendy, dicho por ella misma, no fue el negocio: fue subir el video dando explicaciones que nadie le había pedido.
De ahí se pasa directo a las matemáticas, porque “hasta para ser vendedora de choripán tienes que ser matemática”. Sale la calculadora en plena cocina y los números se hacen en voz alta: los compraba a 35 centavos, llevaba entre 50 y 60 al día, todos los días, y además vendía Coca-Cola. El total da $1.800 al mes, y aun descontando los días en que no alcanzaba a llegar a la panadería, la cuenta pasaba de mil.
La postura de Wendy no se mueve: “mi familia decía que el que calla otorga, entonces yo no callé. Yo hablé mi verdad y ya. La gente hizo con la información lo que le dio la gana”. Aclara que el video no lo hizo para quienes ya la estaban señalando, sino para su familia y para las chicas que le escribían preguntando qué pasaba.
Y reconoce el otro lado sin dramatizarlo: el mismo video que la convirtió en meme la hizo crecer. “Si Dios me dio limones, hacer limonadas.” El cierre se lo pone Steven: que este sea el último programa donde hable del tema.
Tres veces octavo
Con la olla andando, el capítulo se va a la biografía de la invitada, y ahí hay material.
- El colegio: hacía bullying porque era la más grande. Se quedó dos veces en octavo, así que hizo octavo tres veces. El saldo positivo: fue novata tres años seguidos. La aclaración, innegociable: “por vaga, no por bruta”.
- La ambición: en el colegio quería ser la más popular. Hoy lo es en todo el país.
- El público: mujeres. Sobre los hombres tiene el dato estadístico listo: “el 95% de los hombres me odia, el 5% es meco”.
- La cicatriz: una pelea de hace dos años que casi le cuesta un dedo. La cuenta mientras pica cebolla y llora por la cebolla, no por el recuerdo.
- El trabajo: conduce Por Diosito en las tardes junto a Sofía Caich, dentro de Fenix Mar, y en noviembre sale de gira nacional de stand-up —Manta, Portoviejo, Quito, Cuenca, Salinas y Machala—. También cobra $80 la consulta por decirle a la gente lo que no quiere oír.
Cristiana, católica y la abuela del sombrero
El bloque de religión empieza como una broma y se sostiene más de lo esperado. Steven es cristiana; Wendy, católica. Se discute la Virgen María, las estatuas, y se marca la diferencia que más le importa a una de las dos: “el católico puede escuchar reggaetón, el evangélico no”.
Sus abuelos son pastores evangélicos y ella hizo la escuela de obreros. Sobre por qué no siguió ese camino, la explicación es de una línea: “ya pues el huevo fue más fuerte”.
Lo mejor del bloque es la abuela, que sigue sin enterarse de que su nieta es famosa. Van juntas a un chequeo médico, la gente se acerca a pedir fotos, y la señora está convencida de que la culpa es del sombrero: “sácate eso, mira que ya te van a robar”. La duda queda abierta en cámara: o no sabe, o se hace la que no sabe.
El veredicto
El greñoso se emplata decorado y con el huevo duro encima —al huevo se le pone sal aparte, porque “imagínate huevo sin sal”—. Y contra todo lo que venía pasando, sale bien.
“La masa está suavecita. Yo pensé que no iba a saber a maní. Me gusta que sepa manicito. Está buenazo.”
Los huevos, en la clasificación de la casa, quedaron al dente: ni muy cocinados ni crudos. Y el reparto de créditos queda claro en cámara: “tú cocinaste todo esto, yo solo te ayudé a pelar”. Lo que Steven reclama como suyo es el corte del pimiento y el ajo.
Antes del cierre queda una propuesta flotando, hecha en serio y frente a toda la producción: que Wendy se quede con el programa. Hasta le pusieron nombre al spin-off —“Cocina con la ñaña”— y el pedido de leer los comentarios para decidirlo.
El capítulo anterior es el de Wendy Landa, el de los choripanes que hoy volvieron con calculadora. Y la primera visita de Steven a esta cocina, la del caldo de bola, terminó con dos cortadas y cero comodines.