De qué va el capítulo
Tercer capítulo y la invitada llega corrigiendo desde el saludo: "a mí dime bienvenida". Steven Intriago es, en palabras de la casa, la amiga que necesitas para que te diga las cosas como son, y lo demuestra durante veintisiete minutos seguidos.
El plato es caldo de bola. La reacción, inmediata: "deme media hora" —la frase que se convierte en el chiste corriente del capítulo—. Y aunque presume de amar la cocina y de tener familia con restaurantes en Galápagos, resulta que nunca en su vida había pelado una yuca. Entre la yuca, el verde y un cuchillo que no daba, las dos terminan cortadas: "acuérdense de hoy, hoy es mi primer accidente".
Mientras se cocina la carne, el episodio se convierte en otra cosa. Steven cuenta por qué nunca quiso cocinar ("yo, ama de casa, jamás"), que aprendió recién en septiembre y con ChatGPT, que tiene cinco hermanos de cinco padres distintos y que su mamá es su ejemplo a seguir. Y da la clase que da título a medio capítulo: dejar de ser buena con los hombres, porque ser buena no la llevó a ninguna parte. También cuenta la vez que sacó del clóset a un chico que insistía en que le gustaba, y habla de su primer y único gran amor, del que salió hace dos meses.
El caldo sale. Las bolas quedan un pelo duras, la sal se rectifica sobre la marcha y hay taste test con veredicto. Lo mejor: lo terminaron sin usar un solo comodín. Cierre de la casa: "una vez más hemos ganado nosotros, todavía no nos gana la cocina".
“A mí dime bienvenida”
El capítulo empieza con una corrección. La host presenta a la invitada, dice “bienvenido”, y la respuesta llega en el acto: “a mí dime bienvenida”. A partir de ahí Steven Intriago no suelta el micrófono ni el cuchillo.
Se presenta como alguien que ama la cocina —le cocina a todos sus invitados, dice, y su familia tiene restaurantes en Galápagos— y a los cuatro minutos confiesa que nunca en su vida ha pelado una yuca. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo, y ese es más o menos el espíritu del episodio.
El plato es caldo de bola. La primera reacción, que se vuelve el chiste corriente del capítulo: “deme media hora”.
Yuca, verde y dos cortadas
Los primeros quince minutos son un curso de supervivencia. Pelar la yuca, sacarle la vena del medio, picarla en cuadritos. Rallar un verde crudo y cocinar los otros —el chef insiste en que todos cocinados dan una masa más suave, y la invitada decide, con toda tranquilidad, que se hace a la versión de Steven—. La pasta de maní va directo al refrito con agua y un toque de achiote para que no se ponga negra.
Entre medio, un cuchillo que no cortaba y dos accidentes. “Somos las cortadas”. Y la frase que debería ir enmarcada en el set: “tú no le estés parando bola a la receta, porque eso solo es la guía para hacernos trampa”.
La clase que nadie pidió
Con la olla andando, el programa cambia de género. Steven cuenta por qué nunca quiso cocinar —“mi mamá me quería para ser ama de casa y yo decía: yo, ama de casa, jamás”—, que aprendió recién en septiembre y con ChatGPT porque los videos la estresaban, que tiene cinco hermanos de cinco padres distintos y que su mamá es su ejemplo a seguir. Que nunca fue a la universidad porque detesta estudiar, y que igual montó una agencia de marketing que todavía maneja.
Y da la clase que se lleva medio capítulo: dejar de ser buena con los hombres, porque ser buena no la llevó a ninguna parte. Está también la vez que sacó del clóset a un chico que insistía en que le gustaba, y la historia de su primer y único gran amor, del que salió hace dos meses.
Bolas, taste test y cero comodines
Sobre el final: armar las bolas con las manos mojadas, hueco con el dedo, relleno de carne y huevo duro, y adentro hasta que floten. El caldo se rectifica de sal en la última prueba, se sirve —“primero partes la bola, después coges bolita con juguito”— y las bolas quedan un pelo duritas, cosa que nadie disimula.
Pero el dato del capítulo es otro: lo terminaron sin usar un solo comodín. Como dice el cierre: “una vez más hemos ganado nosotros, todavía no nos gana la cocina”.