De qué va el capítulo
La China no pudo estar —Jorge la llama vaguísima, con cariño— y el capítulo se muda de casa. Cocina Jorge Cassis, que ya había pasado por este programa con una tonga, y lo hace en la casa de Gaby: mesón de mármol, triple horno y una dueña que jura que sí sabe cocinar. La misión, anunciada en el primer minuto, es enseñarle.
El plato es la lasaña de Jorge, la que él mismo llama la mejor del mundo, con una condición de producción: todo sale del Tuti. Carne molida, pasta de tomate, crema de leche, leche, maicena, dos bloques de mozzarella y los paquetes de pasta. Según sus cuentas, son $20 en total y alcanza por lo menos para 15 personas.
La receta no se discute. Gaby pide harina para la bechamel y Jorge la frena en seco: lo suyo es salsa blanca, porque la bechamel lleva mantequilla y la de él no. Lleva crema de leche, leche fría batida con maicena y una cucharada de azúcar, que es el secreto de su abuela. El otro truco llega antes de armar: uno o dos cucharones de esa salsa van directo a la carne, para que no se seque.
En el camino, Jorge estrena un diccionario propio. El miserable, el desgraciado y el maldito son herramientas de cocina, y el miserable —la espátula flexible que "agarra de todo"— termina siendo el protagonista. También se da cuenta, en plena cocción, de que se olvidó del queso parmesano en la compra, y lo pide en cámara a todo el que vaya a hacer la receta.
Lo demás es pique. Si el seco se llama seco porque es una reducción; qué cocina Gaby los fines de semana (según Jorge, lo del día anterior al microondas); por qué el sushi es siempre la respuesta; qué pasaría si los hombres tuvieran la regla; quién era Munra; la diferencia entre un mitten y un glove; y el misterio más profundo de cualquier cocina: por qué desaparecen las tapas de los toppers.
La lasaña sale gratinada, con costrita y el queso chiclosito. La pasta quedó un pelín al dente, y sobre eso hay dos versiones. Aprobada igual.
Sin la China, en casa ajena
Esta vez no hay host de siempre. La China no pudo estar —“vaguísima”, dice Jorge, y se va a perder la mejor lasaña del mundo— así que el capítulo cambia de dueño y de cocina. Cocina Jorge Cassis, y cocina en la casa de Gaby: mesón de mármol, triple horno y una anfitriona a la que, según el anuncio del primer minuto, hoy le toca aprender.
Ella no acepta la premisa. “¿Qué? Yo sí sé cocinar.” Lasaña sí ha hecho, aclara, pero no esta: la que ella prepara es la de su esposo, “el verdadero Jorge”, que para ella es la mejor del mundo.
Todo del Tuti, y $20
La condición de producción es que todo salga del Tuti, y Jorge la cumple con orgullo —“uno es Tuti lover”—: carne molida, pasta de tomate, crema de leche, leche entera, maicena, dos bloques de mozzarella y los paquetes de lasaña. Hasta la funda es del Tuti, porque cuesta tres centavos.
La cuenta la hace él en voz alta: $20 en todo, y lasaña para por lo menos 15 personas. Como es doble receta, van dos Pyrex, y el consejo viene incluido: “si es para ti y dos personas más, solo haz la mitad. No te pongas bruto”. O congela la otra.
“Tú sigue la receta y te va a quedar espectacular. Déjense llevar alguna vez en la vida y no critiquen.”
La mitad del agua
La primera tarea de Gaby es poner agua en los Pyrex hasta la mitad para remojar la pasta, y ahí empieza la discusión del capítulo: lo que ella entiende por la mitad no alcanza para cubrir las láminas. “Parece que el agua está carísima.”
La técnica es sencilla. El agua puede estar fría, tibia o caliente —hay quien lo hace con leche tibia—, pero la pasta tiene almidón y se pega, así que hay que moverla todo el rato. Cuando el tiempo aprieta y las láminas todavía no ablandan, la solución es un hervor rápido. Salen suavecitas y sin pegarse.
Después viene la picada, que según Jorge es lo más demorado de toda la receta: tomate y cebolla bien chiquitos, en cuadritos. La cebolla gana, Gaby llora, y el pedido para la edición llega enseguida: “no vayan a decir que Jorge Cassis me hizo llorar”. El comino que trajo la producción no entra —Jorge no entiende para qué lo trajeron— y el aceite es un toque, “ni siquiera de oliva”.
El seco, el sushi y el fin de semana de Gaby
Con el refrito en el fuego, el capítulo se va de pique en pique.
- Qué cocina Gaby: los fines de semana, según Jorge, la comida del día anterior al microondas, pan en la tostadora y un grill cheese de sanduchera. Ella se defiende con un seco de pollo, y él tiene la explicación: se le secó el pollo y lo bautizó.
- Por qué el seco se llama seco: para Jorge, porque es una reducción. Lo demás es rebautizar platos: “filete de carne blanca en reducción de frutas tropicales”. Él, de paso, no lo hace con naranjilla: lo hace con cerveza.
- El resto de la semana: en casa de Gaby son como cinco y cocina la asistente de lunes a viernes. El fin de semana, según Jorge, manda Uber Eats; ella corrige que prefiere salir a restaurantes.
- Carne o pollo: carne siempre. “Por la dieta, air fryer. Por la vida, frito.”
- Sushi: siempre la respuesta, y sin culpa. “Mira todos los TikToks de todas las mujeres.”
Una mancha en el mesón abre el bloque más largo: qué pasaría si los hombres tuvieran la regla. La versión de Jorge incluye salir con los amigos y un doctor para que a todos les toque el mismo día. La de Gaby es un pedido formal a la producción: un simulador, “a ver si el pobre aguanta el nivel uno”. Y la lasaña queda recomendada para esos días: carbohidratos y carnecita rica.
Salsa blanca, no bechamel
Gaby había pedido harina para la bechamel desde el principio. La harina no entra: “yo no le digo bechamel justamente porque no es bechamel”. La bechamel lleva mantequilla. La de Jorge —la Cashimel, o la Tutimel— va así:
- Las dos cremas de leche a la olla, al fuego.
- Aparte, una taza de leche fría —fría, que no se caliente— batida con media taza de maicena hasta que no quede un grumo. Gaby deja constancia de que la media taza no estaba completa.
- Cuando la crema empieza a subir, entra la mezcla, y desde ahí “no puedes dejar de revolver nunca en tu vida”.
- Pimienta y una cucharada de azúcar, que es el secreto de su abuela.
Mientras la leche calienta llega la maldición de siempre —nunca sube hasta que dejas de mirarla— y una invocación a Munra que Gaby no reconoce. Para el registro: era de los Thundercats, no de He-Man.
La regla de la salsa es que se hace al último: si se deja reposar unos minutos, se vuelve pasta. Y antes de armar viene el secreto que Jorge recomienda sin negociación: uno o dos cucharones de salsa blanca van directo a la carne. “No tienen idea cómo queda de jugosa.”
El miserable, el desgraciado y el maldito
La lasaña se arma con un vocabulario propio. Jorge pide las herramientas por sus nombres de casa, que son los tres insultos del título: el desgraciado, el maldito y el miserable. Este último es la estrella: una espátula flexible que las de madera no igualan, y que se gana el nombre en cámara —“por eso le dicen miserable, porque agarra de todo”—. Resulta que los dos tienen en casa.
Con el miserable se unta el Pyrex con la misma salsa, como si fuera mantequilla, y se arma en dos pisos: pasta, carne, queso, salsa. La carne no alcanza para más —“vamos a ser un poco miserables con la carne también”— y el cierre va con poca mozzarella, porque arriba va el parmesano.
El parmesano que, por cierto, no estaba. A los dieciséis minutos Jorge se da cuenta de que se olvidó de ponerlo en la compra, y lo deja dicho para quien vaya a repetir la receta: “por Dios, compren un paquete de queso parmesano”. En el Tuti también hay.
El horno, el mitten y los toppers
El final es de horno: unos 15 minutos y después dos o tres en broil alto, para que gratine y salga la costrita. Antes de cortar, 15 minutos de reposo, con un tip: un solo corte vertical apenas sale del horno, para que se enfríe más rápido.
La espera se llena sola. Alexa va a avisar que ya está y lo va a llamar Francis. Y el guante de horno abre una clase de inglés: mitten si no tiene dedos, glove si los tiene.
Y queda planteado el misterio más profundo de cualquier cocina: por qué desaparecen los toppers. Compras un set de 36, lo ordenas por tamaño, y a los dos meses falta una tapa, o sobran tapas y no hay con qué tapar, o las tapas rojas ahora son azules, moradas y verdes. La pregunta va en serio y queda abierta en los comentarios.
El veredicto
La tutizaña sale con la costrita bien gratinada y el queso con la pasta “recontraderretido, chiclosito”. Sobre la pasta hay dos versiones: una dice que está al dente y no está dura; la otra, que alguien dijo que estaba dura y hubo que arreglarlo. El capítulo cierra igual: aprobada.
Jorge ya había cocinado en este programa como invitado, con la tonga manaba. La otra lasaña de la casa, la de Wilson Tituaña, sí fue con bechamel. Y el capítulo anterior es el del greñoso manabita, el que nadie sabía hacer.